Fierita

Cuando me llamaron por teléfono y me dijeron que HP me había elegido a mí como una de las 25 personas para formar parte del Influencers Advisory Board pensé que era una broma.
¡Mirá si con todas las personas influyentes en la tecnología que hay alrededor del mundo iban a elegir a un argentino! Además la primera reunión era en Cannes, durante el festival de cine que es sinónimo de prestigio y glamour.
Pero quizás la sorpresa mayor fue cuando me explicaron que el cierre del encuentro incluía caminar por la mismísima alfombra roja, de estricto y obligatorio smoking, luego ver una película en competencia. Debo confesar algo: me animo sin problemas a hablar ante 5000 japoneses sobre la termofusión…  ¡pero me pedís que me ponga un smoking y me paralizo!
Por suerte, con la ayuda de amigos como Tito Samelnik y Ricky Sarkany todo es más sencillo y hoy escribo estas líneas después de haber cumplido un sueño más gracias a mi pasión por la tecnología. Incluso escribir esto es un sueño dentro de otro sueño. Algo así como “Inception”, la película de Christopher Nolan con Leonardo Di Caprio.
Desde aquel pibe que deseaba su primera computadora barata de 48k en Banfield a pesar de que ya estaba pasada de moda a este señor de smoking que trajeron desde Argentina a que opine sobre diez prototipos que una de las marcas más importantes del globo está decidiendo si va a lanzar o no, hay mucha distancia… o poca, la distancia que se mide en cuánto podés soñar.
Ya en la alfombra roja, el conductor de TV más famoso de India, también miembro del board, me hace bromas acerca de un auto que me maravilló. Me dice, ‘cuesta menos que mis zapatos’. Más tarde me entero por un diseñador de moda brasileño, también parte de la delegación, que no estaba hablando en broma… sus zapatos valen varios miles de euros.
En Cannes todo es un sueño hecho realidad. Acá, por un rato, todos son estrellas: por el rato que dura la acreditación que consigas o la cantidad de tickets que hayas obtenido. De hecho, el complejo central se ve muy distinto por las tardes, con mujeres vestidas de súper gala y muchachos de tuxedo con cartelitos pidiendo tickets, como quien pide una limosna.
Pienso en cuántos de ellos serán estrellas algún día y me recuerda un poco a eso que te pasa cuando empezás a trabajar en la tele: te pagan por ir a un boliche al que unos meses atrás no te dejaban entrar. Cannes es la tierra del glamour pero también la tierra donde los patovicas son semidioses que deciden quien es o no es.
Me sorprendo en los hoteles, llenos de curiosos haciendo guardia esperando a algún famoso, a cualquier famoso, a cualquiera. También veo a quienes fueron y ya no son: Cannes es un abanico de belleza joven, pero también es un muestrario de cirugias mal hechas en los ochenta y la búsqueda siempre ineficaz de la eterna juventud.
Salgo de ver la película, rodeado de mi entourage ecléctico y diverso, no puedo con mi genio y me aparto de mi grupo hacia un kiosco a 200 metros del cine. Descubro que venden shawarma, sucumbo y compro uno. Están viendo la transmisión por TV del festival y alguna gente famosa aún no salió de la sala. No les sorprende en absoluto que yo esté de smoking. Podría ser el chofer o un actor secundario de la película. Les da igual. Mientras tanto, acomodo mi acreditación y guardo mi entrada ya cortada. El muchacho que me da el shawarma sonríe y me pregunta por qué lo hago, si ya no sirve. Le digo que es para mi abuela, es un souvenir. Y en ese acto me doy cuenta que, como Cenicienta después de las 12, soy Julia Roberts en ‘Mujer Bonita’, y vuelvo a ser el mismo que no creía que fuera cierto que me habían elegido como una de las 25 personas más influyentes. Aquel que siempre lleva en su teléfono ese himno que dice que “el lujo es vulgaridad”…